Registraduría Nacional del Estado Civil
Registraduría Nacional del Estado Civil - La dactiloscopia: un oficio que se niega a desaparecer

La dactiloscopia:
un oficio que se
niega a desaparecer

La dactiloscopia:
un oficio que se
niega a desaparecer

Lina María Zapata Velez



Pese a las nuevas tecnologías, a los nuevos desarrollos, como los kindle, ebooks y demás aparatos electrónicos para leer, el libro de papel se niega a desaparecer. Parecido ocurre con la dactiloscopia, un oficio que aún tiene vigencia en el sistema de identificación colombiano.

Pero hablar de la dactiloscopia y no hablar de José Octavio Suaterna, sería como hablar de la colonización de América sin nombrar a Cristóbal Colón.

Quienes lo conocen, saben que nunca abandona su delantal blanco, que lo ha acompañado desde su ingreso a la Registraduría, es decir, desde 1977. Don Octavio tiene intactos los recuerdos de su llegada a la entidad, cuando fue nombrado supernumerario para acompañar las inscripciones de mesas de votación y elecciones en las que quedaría electo el presidente Julio César Turbay Ayala.

Años más tarde la entidad lo nombró provisional y llegó al Distrito para aprender sobre identificación y difundir esos conocimientos por las Registradurías auxiliares. Don Octavio se le medía a lo que fuera, pues su gusto por el estudio lo motivó a participar en los concursos que abría la Registraduría en la época.

Se le midió en 1995 al concurso de dactiloscopia, sin embargo no era fácil, había que cumplir ciertos requisitos como el tiempo y la experiencia en la entidad. Primero se inscribieron 2500 y pasaron 980.

Después de largas pruebas en la Universidad Nacional y Libre de Bogotá quedaron 350. Don Octavio estaba ahí ansioso y expectante. En la recta final quedaron 50, luego 15.

Quedó en el puesto once, pero eran diez cupos, no obstante el sábado 19 de junio de 1995 a las 8:00 de la mañana, Talento Humano lo llamó para que se posesionara y entrará a cubrir vacantes de la sede central.

El lunes le entregó su cargo en el distrito a Jaime Hernando Suárez y arrancó para la sede central.

La dactiloscopia fue para don Octavio una novedad, cuando vio los bosquejos por primera vez sintió conexión con el oficio, “hay algo que me gusta de la dactiloscopia y es buscar cualquier novedad que se presenta cualquier profundidad, estudiar el sistema electrónico de minucias, todo lo que aparece para aclararlas, para levantarlas, ciertas dudad que aparecen. Porque la dactiloscopia es como la ciencia, avanza cada día, y es muy bello y hermoso identificar a alguien por sus dedos”. Relató.



Mientras habla de la dactiloscopia don Octavio saca de su puesto una lupa, dice tenerla desde hace 21 años, cuando la entidad le dio a cada funcionario los implementos para identificar. Pone la lupa en sus dedos, en un documento de identidad que reposa en su puesto y se acuerda de la profesora ¡Albersilia!

Si, suena a que era una señora brava y exigente. Él lo corrobora. “Era la jefe de todos, llegaba a las pruebas para ver si uno estaba piloso, ella misma clasificaba una fórmula, sacaba copias de una tarjeta y nos decía clasifíqueme esta y va buscarla en el archivo, tocaba clasificarla traer la original”, narró.

En ese tiempo don Octavio y sus compañeros hacían la fórmula dactiloscópica, es decir, con las impresiones tenían que descubrir qué formaciones tenía la huella, cuántas minucias, precisar los surcos y concluir si era numérico o no. Ellos, con dedicación y cuidado levantaban una fórmula dactiloscópica única para cada persona.

Hoy en día, afirma que sus compañeros lo honran cuando le hacen consultas. Advierte que la ciencia es bonita porque es conocimiento y cada vez encuentra cosas nuevas.

De la dactiloscopia aprendió que somos únicos por las impresiones dactilares y que hasta los gemelos idénticos los diferencian las huellas dactilares.

“Hay otros compañeros que yo les he enseñado la dactiloscopia, ellos han hecho el curso pero las practicas las han hecho conmigo, aprenden cómo se maneja les digo que busquen las minuciosas, la marcación, si tiene una cicatriz. Cuando son profundas y dañan la cresta nos basamos ahí para decir esa, es esa persona”. Comentó don Octavio.

Sacó adelante a su familia gracias a la dactiloscopia y todas las actividades que ha desempeñado en la Registraduría, le dio el estudio a sus cuatro hijos y ahora goza de las ocurrencias sus dos nietos.

Lleva 39 años en la entidad, aunque le faltan ocho para el retiro forzoso espera le den más tiempo para seguir aprendiendo. “Yo espero me den gabela de ocho años más para que me puedan echar a los 70, porque ¡qué afán para vivir cien años!” anota.

La Registraduría es la casa de don Octavio una casa donde vive para conseguir lo que necesita, comida, vestido y vivienda. Aquí pasa las duras y las maduras. Volviendo a la dactiloscopia, así vengan las modernizaciones, que si bien aceleran los procesos, los sistemas solos no hablan. Para este dactiloscopista de profesión los seres humanos son los que en últimas deben dar la plena identidad.

Aunque el sistema diga NO, el profesional puede decir sí.

Por ello, se burla cada tanto de la máquina cuando le dice que no, porque ahí tiene su lupa, que es y será su eterna compañera.



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